Las cofradías y los planes de la Iglesia (II)
Por Ana María Medina, periodista
Ser cofrades es una vocación dentro de nuestro ser cristianos. No aparte de ello. En la Carta Pastoral “Las Hermandades y Cofradías”, de los Obispos del Sur de España, escrita en 1987, se nos recuerda que “los objetivos que deben perseguir las hermandades y cofradías son: una creciente formación cristiana, una participación activa en la vida litúrgica y caritativa de la Iglesia, un mayor dinamismo apostólico y un mayor fortalecimiento de la comunión eclesial”. Esos objetivos de renovación de nuestro ser cristianos en la religiosidad popular tienen como eje las diversas dimensiones: evangelización, culto, comunión y caridad. Esas son, en definitiva, las dimensiones básicas de la vida cristiana: anunciar el Evangelio, celebrarlo, compartir la vida y ayudar a los que sufren. La fe sin obras es palabrería. El culto sin fe es teatro. La comunión sin fe es pura organización humana y la caridad sin culto es filantropía (¿o no hacen lo mismo las ONGs?). En ese sentido, parroquia y cofradías se enriquecen mutuamente. Pero ¿qué aporta la parroquia a una cofradía? Por un lado, eclesialidad. Aunque las cofradías y hermandades tienen en su esencia un arraigado sentido de fraternidad, a veces es fácil perder el norte. La tentación del poder, los “amiguismos” y las rivalidades pueden hacernos olvidar por momentos que Cristo es el centro de toda comunidad cristiana, también de toda cofradía, y que no somos una peña de amigos a los que le gusta “vestir imágenes”. No se puede ser cofrade sin ser cristiano, no existe piedad popular sin Iglesia y no es verdad que estos dos mundos son realidades aparte. Y esa vinculación con la Iglesia Universal la actualiza la cofradía a través de la parroquia, que es su Iglesia cercana. Por otro lado, la parroquia dota a la hermandad de contenido. Es muy importante que el mensaje que trasmitamos sea el de Jesucristo, y no utilicemos el privilegio que nos otorga ser cofrade para hacer propaganda de intereses lícitos, pero que nada tengan que ver con Jesucristo. También, la comunidad parroquial aporta continuidad a la cofradía. Muchas hermandades se quejan de que sus hermanos sólo acuden a los cultos más importantes. La parroquia, con su trabajo diario y constante, ofrece a la religiosidad popular continuidad, un hilo conductor que no se reduce a la salida de la procesión, sino que abarca todo el año, todo el ciclo litúrgico. Asimismo, la parroquia es un lugar privilegiado para ejercer la caridad, semilla de toda cofradía. Muchas veces, los cofrades nos rompemos la cabeza para emprender acciones sociales, cuando en nuestra propia comunidad hay necesidades que nos exigen una respuesta concreta ¿por qué no aprovecharlas? Y, por último, pero no menos importante, la formación. Para eso, aparte de la preparación cofrade propia, que la Diócesis nos facilita con los materiales recopilados en la carpeta cofrade, no podemos dejar de formarnos como cristianos. Y la parroquia, también, nos dará los cauces para convertirnos en cristianos adultos, capaces de dar testimonio público de nuestra esperanza, en la procesión y en la vida. Sería una pena que las cofradías se perdieran la gran riqueza de vivir en comunidad, como lo sería también que las parroquias desaprovechen la religiosidad popular en su expresión más destacada. Debemos sumar, nunca restar.